Un pastelillo con grajeas, cosa insignificante ¿no?,
no lo es para un niño que ha pasado hambre y frio,
no lo es para una madre que no tiene para comprar un pastel
gigante en el cumpleaños de su hijo,
y no lo fue para cierta niña de ojos obscuros como la noche
y cabellos ondulados,
que esperaba los domingos para que uno de sus abuelos le
llevara el preciado regalo,
aunque fuera solo como un gesto, ese gesto valía todo,
valía las horas de limpieza, valía las tardes aburridas,
valía la tristeza, valía la melancolía;
simple batido de mantequilla y azúcar que bañaba un inflado
y esponjoso pan de naranja,
que no sólo alimentaba la pequeña barriga de la cría
entelerida, sino que también alimentaba su alma.
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Un poema libre dedicado a uno de mis abuelos, a veces olvidamos sentimientos por aferrarnos al orgullo.
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