Gracias.
El olor del incienso comenzó a provocarme náuseas, ¡Son las dos de la mañana por qué rayos
deben de mantenerlo encendido!, recargo mi cabeza en la pared con los ojos
cerrados, arrugo el rostro ante la incandescencia que atraviesa mis parpados, Maldito foco, giro la cabeza para poder
abrir los ojos, me encuentro con la figura de mi hija y su reciente esposo,
ambos se hallaban dormidos acurrucados en un rincón de la sala, bajo la mirada
y suspiro.
Creo que me
hará bien tomar un poco de aire, me levanto con lentitud,
no recuerdo cuando fue la última vez que sentí mi cuerpo tan pesado, atravieso
la habitación sin mirar a nadie, no tengo ánimos de entablar una conversación,
las personas me observan caminar, creo haber escuchado a alguien llamándome,
pero no presté atención y salí del recinto.
Afuera el viento es ligero y suave, un poco húmedo y
fresco, pero reconfortante; aprieto con mis manos la solapa de mi chaqueta
obscura tratando de resguardar mi pecho; cierro los ojos y me dejo invadir por
la quietud de la noche.
Tranquilidad, sin duda eso era lo que más deseaba en
ese momento, necesitaba descansar, me dolía todo el cuerpo; era como si hubiera
corrido kilómetros, pasado la noche de fiesta o entrenado todo el día; apreté
los ojos y sacudí levemente la cabeza, no debía dejar que los recuerdos se
apoderaran de mí, No por ahora.
Un par de risas sonoras me alejaron de mis
cavilaciones, volteo con enfado en dirección a ellas, observo a dos jóvenes
conversando, mi cuñado y su mejor amigo; el primero se da cuenta de mi
presencia y arroja el cigarrillo que sostenía, yo esbozo una sonrisa, aunque ya
es todo un hombre no deja de tratarnos con respeto, era como si El estuviera a
mi lado como siempre; camino lentamente hacia ellos.
Sin duda habían dejado de ser los niños vigorosos y
traviesos que conocí hace tantos años, pero no dejaba de pensar en ellos como
eso; aún conservaban esa alegría y carisma contagiosa; -Me regalarían un
cigarrillo- lancé mi pregunta al llegar a ellos, mi cuñado pasmó su rostro por
unos segundos pero de inmediato retomó la compostura mientras golpeaba a su
amigo en el hombro, tratando de qué éste ultimo reaccionara; el muchacho con
prisa sacó de su bolsillo una cajetilla, nervioso me entregó un delicado cilindro blanco, el cuál de inmediato acomodé
en mi boca, acto seguido el mismo joven con manos temblorosas lo encendía
caballerosamente.
Ambos chicos me observaban con extrañeza, no los
culpo, nunca me habían visto fumar, de hecho era algo inusual en mí, no lo
hacía desde la universidad, hasta ahora, Probablemente
el tabaco y la nicotina ayuden a tranquilizarme un poco; nos quedamos en
silencio lo cual fue conveniente para mí, seguía sin ganas de charlar; terminé
mi cigarrillo, les regalé una media sonrisa y me di la vuelta, justo cuando
comenzaba a caminar hacia el recinto escuché la voz de mi cuñado.
-Espera- hiso una pausa, yo voltee con prontitud, me
miraba serio y dubitativo -Tal vez no
sea el momento para entregártelo pero, debes tenerlo…Tú no estabas y me lo
dieron a mí-
Extendió su brazo con el puño cerrado, vacilé un
poco antes de poner mi mano debajo de la suya, depositó lentamente un objeto,
en el momento en que lo palpé todos mis músculos se pusieron rígidos, sabía lo
que era sin mirarlo, como pude estrujé el material y lo atraje hacia mí para
corroborar, apreté los ojos antes de mirar, en efecto… era su anillo.
En cuanto lo vi, millones de imágenes se
arremolinaron en mi cabeza, la primera, el día de nuestra boda desde luego, le
siguieron tantas e innumerables cosas que pasamos juntos, el día que lo conocí,
nuestra primera noche, la llegada de nuestra hija, nuestras peleas, su risa,
sus caricias, sus besos; poco a poco mi rostro comenzó a descomponerse, comprimí
los puños tratando de sacar fuerzas de donde encontrara; yo era su esposa,
debía ser fuerte, imponerme ante esto, eso era lo que El hubiera deseado, tenía una hija por la cual salir adelante, ella
necesitaba a su madre entera, aunque ya no fuera una niña; yo era una
luchadora, una guerrera, no podía dejarme caer; pero fue inútil, yo lo amaba, Lo amo, y ya no estaba.
Me quebré, comencé a llorar desconsoladamente, mis
ojos escurrían como ríos sin detenerse, sentí como las piernas dejaron de
responderme, mi cuñado me abrazó y sin siquiera yo pensarlo me acurruqué en su
cuerpo, lloraba como nunca en la vida había llorado, empecé a respirar
entrecortado involuntariamente, no me di cuenta en qué momento el muchacho me
tomo en brazos, yo solo podía sentir como si mi cuerpo expulsara algo por medio
de las lagrimas, quedando en él un vacio, un vacio frio, doloroso, como si mi
pecho se hubiera convertido en una caverna gélida; llegamos a mi casa y seguía
sin reaccionar, todo lo que podía hacer era sollozar amargamente, como si la
tristeza se hubiera apoderado de cada fracción de mi ser; me depositó en el
sillón, yo era un bulto doliente, y me tapó con lo primero que encontró.
Me quedé en posición fetal, gimoteaba como una niña,
débil, indefensa, sin su protector, sin El; escuché la puerta principal de mi
hogar cerrarse, no podía moverme, el dolor no me lo permitía; apreté los labios
antes de por fin después de intentarlo antes sin éxito pronunciar ahogadamente
y hacia la nada –Gracias-.
Fin
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